¿Y SI NOS DEJAMOS DE TONTERÍAS?

El marketing no tiene nada de malo en sí mismo. Tampoco aplicado a la literatura. Trabajo en medios de comunicación, y cada día recibo notas de prensa con llamativos titulares sobre nuevos títulos, leo noticias sobre novedosas campañas publicitarias o de promoción sobre autores, editoriales y libros, me envían ranking sobre lo mejor de cada género y hasta me obsequian con merchandising de las últimas novedades.
 
Para algunos, estas prácticas no hacen más que desprestigiar la literatura. Y el discursito me cansa. Estoy harta de escuchar que este tipo de estrategias de venta deslucen a los autores y sus obras y otros tantos tópicos snobs. A ellos les dedico esta entrada. A los que rodean a los libros, y más en concreto, a los escritores y críticos literarios. A esos a los que he escuchado hablar largo y tendido sobre la nobleza de la palabra escrita. Para ellos va mi primera pregunta: ¿en qué mundo viven?
 
Supongo que ninguno de ellos habrá dedicado mucho tiempo a discutir sobre lo terrible de que Nescafé regale un sueldo para toda la vida por enviar sus etiquetas a un código postal; no habrá puesto el grito en el cielo porque TostaRica imprima los dibujos de sus hijos en sus galletas; porque Los 40 Principales saquen a Mario Vaquerizo en trikini a Gran Vía si llegan a los 10.000 seguidores en Facebook; y no le habrán hecho ascos a esos apetitosos canapés y copas de vino que sirven en las presentaciones de las galerías de arte, ¿no?
 
A eso voy. El libro, como el café soluble, las galletas, un programa de radio o un cuadro son PRODUCTOS, y por mucho que le joda a Nescafé, TostaRica, Los 40 Principales y la Marlborough, hay miles igual o mejor que ellos en el mundo. Vamos, que la oferta de productos (de cualquier tipo), es amplia y variada y hay que buscar la forma de destacar y llamar la atención de más gente. Esto es una obviedad, pero en literatura, al menos en ciertos círculos, parecen olvidarlo.
 
Hasta donde yo sé, todo el que produce algo aspira a venderlo. Para ayudar en esa tarea nace el marketing. Evidentemente, para conseguir vender, no todo vale. Existen límites. Pero mientras no estafes o te aproveches de la gente para conseguir tus objetivos, mientras no engañes o crees falsas expectativas, ¿a quién le haces daño? ¿Cuál es la crítica?
 
Y aquí viene mi reflexión. La impresión que tengo a veces con el mundo de la literatura, es que los escritores y los críticos creen que están por encima de todo, que los recubre un halo de glamur que no se permiten ni siquiera otras esferas del arte. Obras de teatro, películas, exposiciones, conciertos… Todos utilizan la publicidad y el marketing con total naturalidad. Sin embargo, cuando se trata de libros, parece que estamos hablando de algo que nace para morir en sí mismo, que siempre se crea por el simple placer de crear, cuando precisamente la literatura es una de las expresiones artísticas que más busca un interlocutor. Al menos cuando hablamos de libros. Utilizar la palabra escrita para expresarse es algo personal, cuando esa expresión se convierte en un manuscrito que su autor pretende publicar, su objetivo es ser leído por el máximo número de personas, y normalmente, quiere y tiene que llegar a esas personas a través de la venta de su libro.
 
El libro pasa a ser, por tanto, un producto, y como tal, llega a sus interlocutores a través de las ventas. Y el que quiera adornar la entrada de su libro en el mercado con una historia basada en el azar, sólo intenta alimentar su ego dando a entender que todo ha surgido de su talento desbordante e incontrolable. Como si ellos escribiesen con la inocencia del niño al que regalan un diario por su comunión y después eso llegase por el poder de su propia e inconmensurable calidad hasta las editoriales, que les obligan a publicar y vender sin parar, cuando ellos sólo expresaban sus más íntimos sentimientos por puro placer.
 
Creo que es innegable que, de una forma más o menos pública, todos los escritores mueven sus hilos para hacer visibles sus escritos. Lo harán con mayor o menor energía y talento, con más o menos ayuda de su editorial, usando sus contactos o con la paciencia del que aspira, al menos, a sumar un potencial lector cada día… Pero sí, estoy convencida, ningún escritor fija su objetivo únicamente en las ventas cuando está creando una nueva novela, pero tampoco se le escapa que, hoy por hoy, lo que no se ve, no existe.
 
Así que, dejémonos todos de tonterías y recuperemos el sentido común. Leer siempre está bien, escribir siempre está bien, pero si lo que quieres es vender, más te vale estar dispuesto a currar mucho para sacar tu libro de la invisibilidad a la que está condenado desde su nacimiento si no lo acompañas de un buen séquito de seguidores, un llamativo titular y unos cuantos amigos bien posicionados. ¿Que eso no llegará a ninguna parte si el producto no es de calidad o, al menos, del gusto del momento? ¡Evidentemente! Esa es la buena noticia. Por mucho que la galleta lleve el dibujo de mi niño o salga Justin Bieber comiéndosela, si la galleta sabe a basura, allí es donde terminará.

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2 comments

  1. ¡PLAS, PLAS, PLAS! El romanticismo mal entendido es tan perjudicial como el spam. No entenderé nunca a esos escritores a los que parece que les molesta que hablen de sus obras. ¿Para qué narices publican, entonces? Escribir es una dolorosa condena de la que no pueden librarse, pero peor aún sería que hacerlo les reportara dinero… ¿?
    Tampoco entiendo a quienes consideran que el arte de escribir está reservado a ciertos privilegiados (y torturados) genios, así que quienes nos atrevemos a mancillar tan elevada actividad con nuestras noveluchas de consumo fácil no somos más que indeseables parásitos.
    Supongo que la cuestión es ignorar a esos snobs.
    Saludos.

  2. Está claro que el problema no está en la mercadotecnia, si no en que, desgraciadamente, esas promociones muchas veces son engañosas, obedecen a intereses económicos muy por encima de la calidad y, lo peor, en la literatura el camino que emprenden las grandes compañías que solamente buscan beneficios bajo SU criterio selectivo condicionan al consumidor, al propio mercado, a la cultura y a los propios escritores, muchos de lo cuales a pesar de tener enorme calidad (no me incluyo) no pueden ver la luz.

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